Como cuando para avanzar, das veinte años de pasos atrás.

En el 2021 fue que me animé a seguir mi sueño de ser escritora. Por eso me anoté a talleres, leí libros sobre escritura, seguí varios blogs de buenas y bonitas escrituras, y de escritores que admiro, e incluso me la pasé escuchando podcast sobre escritura.

Y terminé el año con el logro de admitir, para mí misma y para unos cuantos, que soy escritora. Porque a lo mejor parece fácil que cualquiera ande por ahí diciendo que es escritor, pero da miedo enfrentarse al qué dirán.

Salí del closet.

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El caso de las PINKS GIRLS GDL

Sabemos que las redes sociales son solo una parte de la realidad, y que debemos ver todo con ojo analítico, porque “caras vemos, corazones no sabemos”.

Aún así tendemos a compararnos, y a pensar que nuestra vida no es tan feliz como la de tal o cual… creemos que somos las únicas con problemas económicos, problemas de pareja, problemas con la comida, problemas, problemas, problemas.

De ahí que nacieron estas cuentas que promueven “la vida real”, por así decirlo, son influencers que no solamente se quitan los filtros, sino que además los hacen evidentes, y nos dicen: Este es un cuerpo de verdad, está es una relación de pareja real, esto es ser mamá, esta es una casa sin filtros, etc.

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Reseña: Hábitos atómicos

La historia de cómo llegó este libro a mis manos te parecerá conocida y a lo mejor te identificas.

Para empezar este libro no es mío, es de mi marido; se lo recomendaron sus colegas médicos. Y como tengo el prejuicio de que los doctores lo único que leen es sobre medicina, y poco o nada de lo demás; desdeñé la recomendación. Le hice el fuchi. Deduje que sería de esos libros de autoayuda que no me gustan por simplones, de esos que tienen poco contenido y mucha palabrería larga. Y lo descarté de mi lista “por leer”.

Olvidé el libro.

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Mi hijo se llama Emiliano

¿Otra vez tengo mareos matutinos?, pero si hace mucho que terminé con los achaques. Puse las manos en mi escritorio para no caerme, luego inhalé profundo y cerré los ojos para concentrarme en la respiración.

Inhala… exhala.

Esta sencilla técnica me había funcionado los primeros meses, pero no me estaba ayudando en ese momento porque empecé a sentir el mareo en mis manos, era como si la mesa se estuviera balanceando. Pensé: “¡Esto es peor que al principio!, de seguro me va a dar náuseas y luego estaré vomitando el piso de la oficina”.

Me imaginé la escena con claridad, sentí un adelanto de la vergüenza por la catarata de huevos con chorizo que inundaría el piso. De pronto escuché la voz de Emiliano, y se hacía más fuerte en cada paso que daba desde su oficina, me estaba gritando muy alterado: “¡Dina, Dina!… ¿Qué estás haciendo? ¡CÓRRELE! ¡Tenemos que salir, está temblando!

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Digan su nombre y a qué se dedican

Eramos cinco mujeres sentadas en círculo. No nos conocíamos y por eso el maestro nos pidió que nos presentáramos: “Digan su nombre y a qué se dedican”.

Empezó su presentación una señora de unos setenta años. Dijo que se llamaba Laura, que daba cursos de pintura para niños en la cochera de su casa, que vendía pastelitos los fines de semana y que tenía un huertito en su patio.

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Hay que darnos cuenta

No es que las mujeres tengamos un conocimiento innato sobre el cuidado de un bebé. 

Lo que pasa es que lo estudiamos desde niñas. Aprendimos cómo cambiar a un bebé y a combinar la ropita, darle biberón cuando llora, ponerle un pañal y hasta traer al nenuco cargado todo el día.

No es que los hombres, por ser hombres, no sepan cuidar a sus hijos o hijas. 

Es que desde niños les dijeron que los nenucos eran cosa de niñas. Lamentablemente se lo creyeron, y lo peor es que nosotras también.

Saber cuidar un hijo no es cuestión de rol de género. Es esta cultura del patriarcado en la que nos educaron, la que dicta que como la mujer es la que se embaraza, entonces es la que por “naturaleza” debe cuidar a los bebés, que como es la que amamanta, es la que debe responsabilizarse 100% del bebé.

Pero nos estamos dando cuenta que a esa cultura del patriarcado se le olvidó que una mujer no se embaraza sola, que por “naturaleza” son dos los involucrados y que la responsabilidad de los cuidados debe ser equitativa.

Hay que darnos cuenta

Lee esto y ve cómo te sientes:

Una mujer, al convertirse en mamá, no tiene la obligación ni el deber de dejar de trabajar para quedarse en casa a cuidar a su bebé.

Ahora lee esto:

Un hombre, al convertirse en papá, no tiene la obligación ni el deber de dejar de trabajar para quedarse en casa a cuidar a su bebé.

¿Sentiste conflicto al leer la primera frase? Hay que darnos cuenta que hemos normalizado que una mujer, por ser mujer, sea la cuidadora de su bebé el 100% de su tiempo.

Y si bien le va y el papá le “ayuda”, cuida a sus hijos el 90% de su tiempo.

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