Dolor indecible

El día del funeral de mi mamá parece borroso en mi memoria, creo que más a propósito, porque no me gusta recordarlo, que por otra cosa. Porque sé que estuve consciente de todos los pensamientos y emociones que hicieron fila en mi mente.

Supongo que con las mismas preguntas sin respuesta que todo mundo se hace cuando pierde un pedazo de sí mismo.

Ayer empecé a leer “La ridícula idea de no volver a verte” de Rosa Montero, y me tope con lo siguiente:

El verdadero dolor es indecible. Si puedes hablar de lo que te acongoja estás de suerte: eso significa que no es tan importante. Porque cuando el dolor cae sobre ti sin paliativos, lo primero que te arranca es la palabra. […] El verdadero dolor es inefable, nos deja sordos y mudos, está más allá de toda descripción y todo consuelo. El verdadero dolor es una ballena demasiado grande para poder ser arponeada.

Me llegó al alma, certera cada una de las palabras. Ese día, el día del funeral de mi mamá yo estaba sin habla, no tenía palabras de consuelo para nadie ni palabras para agradecer el consuelo de nadie, ni palabras para nada. No había forma de que saliera de mi boca nada. Era tantísimo mi dolor, tantísima la pérdida que no había nada que pudiera decir.

Recuerdo que alguien se le acercó a mi esposo y le dijo “¿Le diste algo? ¿Qué le diste que está muy tranquila?” Como que la gente espera que en medio de ese dolor indecible, grites y llores y digas todo lo que te duele, la gente espera que hables y actúes como en las novelas o en las películas. Ese tipo de personas son las que confían solo en lo que pueden ver, y si no te ven sufrir entonces no estás sufriendo. Hay que cuidarse de no ser así, porque lo más verdadero de la vida es lo que no se ve, y si no podemos llegar a entenderlo es probable que nunca estemos conformes con la vida misma.

En otro párrafo dice Rosa Montero:

En los primeros días, la gente te dice: “llora, llorar es muy bueno”, y es como si dijeran: “Ese absceso hay que rajarlo y apretarlo para que salga el pus.” Y precisamente en los primeros momentos es cuando menos ganas tienes de llorar, porque estás en el shock, extenuada y fuera del mundo. Pero después, enseguida, muy pronto, justo cuando tú estás empezando a encontrar el caudal aparentemente inagotable de tu llanto, el entorno se pone a reclamarte un esfuerzo de vitalidad y de optimismo, de esperanza hacia el futuro, de recuperación de tu pena.

Mi dolor ante la falta de mi madre aún no encuentra fecha de caducidad, sigue alargándose en el tiempo tanto como los días avanzan. Y duele en los ojos que aprieto para que no se mojen y me duele en la garganta que acumula las lagrimas y duele en el pecho donde está la herida. Duele en todo el cuerpo. Me duele en el recuerdo y duele en los sentidos que necesitan volverla a escuchar, volverla a abrazar y volverla a amar.

Cuando la gente te ve sonreír concluye que ya te recuperaste de tu pérdida, y dice Rosa “como si se tratara de una hepatitis”, como si te curaras y ya estás bien. Pero no, porque perder a una madre es perder una parte de ti mismo.

Desde entonces vivo mitad persona, con un agujero enorme. Salen las risas porque la vida sigue y una se adapta a la falta y a la ausencia.

Hoy que es aniversario luctuoso de mi abuelita Pera, porque las abuelitas son mamás postizas que nos regala la vida.

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