La historia de un match en tinder

LA HISTORIA DE JUAN

Me chocan mucho los días como hoy, cuando me urge agarrar mis cosas y salir corriendo del trabajo. Miro el reloj cada minuto y me es imposible concentrarme en la pantalla que tengo enfrente. Faltan 253 minutos para salir. Abro y cierro unos documentos, no veo nada que pueda hacer rápido. La mujer que me está esperando es posiblemente el amor de mi vida y ya me queda poco para verla.

Faltan 82 minutos para apagar mi computadora. Busco un playlist en spotify para pasar el rato ¿qué tipo de música viene bien para bajar el número de palpitaciones que siento en mi pecho?

Cuando salga caminaré a mi depa, eso me toma 30 minutos más o menos. Me cambio y son 15 minutos más. Luego serían otro 40 minutos lo que me tardo en llegar al café “Fleur de Vie”.

Abro mi correo personal, ningún mail nuevo, mmm creo que puedo eliminar algunos mensajes para limpiar mi bandeja. No tengo cabeza para otra cosa más. De cualquier forma solo necesito aparentar estar super ocupado. Miro por encima de mi pantalla para asegurarme que soy el único que escucha que mi corazón se me va a salir.

La mayoría de los correos son notificaciones de matches, ¿cómo es posible que haya tenido esperanzas con todas estas mujeres? Pero mi primer cita de hoy con Nina es diferente. Llevamos texteándonos tres meses, dos semanas y cuatro días. No hemos sacado la cita tan pronto, podría decirse que hemos esperado a que sucediera lo más natural posible. 

Voy eliminando por montón las notificaciones de tinder de mi bandeja y sigo con otros correos. La hora – ya faltan 45 minutos. El tiempo vuela cuando uno se entretiene. ¿Qué más puedo hacer? Ya me enfadé de eliminar correos. Veo la notificación de mi match con Luciana. Siento un pico de adrenalina solo leer su nombre. Ay Luciana, habría sido la indicada. Guapa y divertida, con una rara manera de reír, estridente y nasal. Pero eso habría podido arreglarse, lo demás en ella me parecía perfecto.

Veo el reloj, faltan 23 minutos. ¿Qué habrá sido de Luciana? Echo un vistazo discreto a mi alrededor, parece que todos están ocupados, o al menos fingen igual que yo estar ocupados en estos últimos minutos que quedan del horario de oficina. 

Me permito abrir mi cuenta de Facebook en una ventana de incógnito y …ahí está, la que pudo haber sido -mi Luciana. Una foto de perfil donde se ve muy feliz y muy guapa, junto con un individuo que honestamente no es lo suficientemente guapo para ella. Creo que ella podría estar con un hombre más guapo. A veces no hay forma de entender porque las mujeres bonitas se quedan con los hombres feos. No quiero parecer demasiado fijado, de cualquier forma se ve feliz con ese hombre feo. 

Mejor cierro la ventana, mis compañeros de trabajo comienzan a andar de aquí para allá y no quiero que lleguen los chismes a la de recursos humanos. Ya le pasó una vez a mi compañera Tania, la muy ingenua creía que las demás jamás la delatarían, pero en el mismo momento en que empezaba a irle bien en los proyectos, las envidias empezaron y alguien dio aviso a la de recursos humanos y le castigaron una parte de su sueldo. Me parece una injusticia, a todos nos pareció una medida excesiva, pero ya lo sabíamos desde que entramos, todos firmamos ese acuerdo.

Ya estamos a dos minutos de terminar el día de hoy. Ya puedo apagar mi pantalla. Trato de guardar todo muy despacio y relajado, no quiero parecer con mucha prisa, nadie quiere ser el primero en salir por esa puerta, todos nos miramos de reojo, tratando de sincronizarnos para apoyarnos entre la multitud. Se levantan dos, otro más y poco a poco ya puedo pararme. Me voy a paso lento y me acerco con mi compañera de al lado.

— Qué tal el trabajo Tania, ¿terminaste? —  Trato de parecer casual.

— No, esto nunca se acaba. ¿Tú qué tal lo llevas? — Y mientras espera mi respuesta termina de guardar las cosas que tiene sobre su escritorio. Tania siempre me ha parecido la más organizada de todos, su escritorio parece una fotografía sacada de stock.

— Pues justo apenas terminé hace un momento. ¿Te acompaño a la salida? — Hago la pregunta los suficientemente alto para que me escuchen, que quede claro que yo la acompaño a la salida, no es que sea el único que está saliendo.

— Sí vamos, estoy lista.

Caminamos en silencio entre los pasillos hacia la salida, no somos los primeros. Hacemos la fila para el checador. Ella adelante. La verdad es que no la conozco muy bien y no me interesa conocerla demasiado. Tania es buena onda pero no es mi tipo, es gorda, de las gordas bien arregladas, de las que cambian totalmente gracias al maquillaje que dominan muy bien. Siempre la verás muy bien arreglada, su ropa limpia y lisa, como si trajera zapatos nuevos todo el tiempo, a veces creo que su enorme bolso está lleno de maquillaje y cosas del pelo, porque además permanece peinada perfectamente. No puedo decir que sea fea, es una buena persona. 

Pasa su cartón por el checador y voltea para despedirse de mí. Se acerca a darme un beso en la mejilla. Hasta mañana, me dice como de rutina. Hasta mañana, le digo. Huele muy rico, déjame ver, es como un olor a coco con ¿chocolate?

Llego a mi departamento y comienzo mi ritual antes de cada cita.  Bueno, no es un -departamento, en realidad es un cuarto con un colchón en el piso, libros amontonados, algunos cómics, una mesita que uso de escritorio y un cojín como silla. Lo que pasa es que no necesito mucho, y la verdad tampoco sé cocinar, por eso cuando estuve buscando un lugar me di cuenta que podía pagar menos por un cuarto cerca del trabajo, además ahorro en transporte. Mi presupuesto solo me hubiera alcanzado para rentar un departamento completo muy lejos de aquí y ni siquiera usaría esa cocina. No soy exigente en mis comidas: mi desayuno es alguna cosa de los puestos que están sobre la calle camino al trabajo y la comida siempre en la fonda de a tres cuadras del trabajo. El oxxo que está en la esquina de mi cuarto me provee de microondas para esos momento que quiero cenar algo caliente.

Pero hoy no necesitaré de ese microondas, iré a un restaurante francés con Nina. Ella eligió el lugar, y yo soy un caballero por eso la dejé elegir. Me estuve informando sobre el lugar para llevar el dinero suficiente. Después de cenar la llevaré a una cervecería que está ahí enseguida y que tiene buenos comentarios en facebook. 

Estoy a nada de verla en persona por primera vez. Me veo en el espejo y no puedo ocultar el nerviosismo. Este último mes ha sido emocionante, sintiendo explosivos en la panza cada que veo mi celular con sus notificaciones. Hemos tenido una conversación bastante fluida, no como otras veces que las niñas me contestan después de varios días cuando ya ni siquiera recordaba haber iniciado una conversación. Al contrario, he tenido días muy activos en mi celular y ha sido muy difícil ser discreto en mi trabajo, bajando el celular debajo del escritorio para poder revisar sin que nadie me vea y poder contestarle. Me siento muy osado en romper las reglas, leerla a escondidas, ser cómplices de un delito. 

De camino al restaurante voy cuidando bien mi andar, no sé si Nina podría estar pasando en su carro, porque me dijo que tiene carro. Quiero dar la mejor impresión de mí, que vea pasos seguros y fuertes. Ella merece la pena.

Me acuerdo de Luciana, cuando empezamos a escribirnos supe que todo iría bien, teníamos muchas cosas en común y las platicas se ponían divertidas. Pero la conocí demasiado tarde y durante nuestra primer cita me dijo que había conocido a alguien más unos días antes. No nos volvimos a ver y después en un mensaje me dijo que ya no podía hablar conmigo porque tenía novio. El tipo de la foto de su Facebook. Sé que llegué demasiado tarde, si a lo mejor nos hubiéramos conocido unos meses antes la habría enamorado. Luciana me encantó desde que la conocí, delgada y llena de curvas al mismo tiempo, piernas largas; el día que la vi su cabello bailaba con sus palabras.

Tengo que controlarme más, estoy empezando a transpirar, ya no sé si es porque voy caminando muy deprisa o son estos nervios que están arremolinándose en mi estómago. Lo peor sería llegar sudado, y todavía me faltan como 6 calles.

Preparo mentalmente cómo sucederá el encuentro, quiero llegar primero para verla entrar caminando hacia la mesa y verla de pies a cabeza. Me imagino levantando la mano como saludándola casual, luego me pondré de pie y la alcanzaré poco antes de que llegue a la mesa para poder abrazarla en un gesto que parecerá que nos conocemos desde hace tanto.

Y puede ser que así sea. Me di cuenta que con Nina la conversación fluye fácil, sin presiones. A veces he sentido que conectamos. Es muy atinada en lo que dice, me gusta su personalidad tan alegre y despreocupada. Al lado de Nina las demás mujeres con las que he salido parecen superficiales; ella siempre tiene temas de conversación que van más allá de las pláticas triviales. Pensarlo solo me hace sudar más, tengo que controlarme, no quiero fallar. Podría ser el amor de mi vida. Esta podría ser la historia que contaremos a nuestros hijos, debe salir todo perfecto.

LA HISTORIA DE NINA

No me gusta de ninguna forma ser etiquetada por mi aspecto. Estoy segura que puedo ser más interesante que bonita. Por eso nunca me había registrado en esos sitios de citas por internet. Pero en la oficina se puso de moda esta aplicación Tinder. Primero la escuché por mi compañera del cubículo de un lado. Me dijo que tuvo citas con buenas perspectivas, aunque claro, me aclaró que ha tenido que conocer hombres bastante locos.

La verdad no me habría registrado, pero no quería que en la oficina pensaran que no estaba segura de mi físico. La primera vez subí mis mejores fotos. Pero avanzaban los días y no llegaba ningún “match”, como le dicen. Perecía que ninguno de los que yo elegía, me elegía a mí. En cambio mis compañeras platicaban durante los ratos libres sobre el nuevo muchacho que les había mensajeado o de la cita con ese otro.

— ¿A ti qué tal, cuántos te han mensajeado? — me preguntaron una vez.

— Pues esta semana hubo uno, pero después de ver otra vez sus fotos ya no me ha gustado así que lo he eliminado. — mentí. No me había llegado ninguna alerta en dos semanas. Vi que se miraron, sé que algo se dijeron con los ojos, sé que era por mí, por mi aspecto, pero no quise darle importancia.

— A mi me pasó igual una vez — dijo Luisa después de un rato. — Estoy segura que el tipo cambió sus fotos, porque yo no le habría deslizado a la derecha.

— Haces muy bien, no te conformes con nada — me animó Mariana al tiempo que me tocaba el hombro, ¿me estaba consolando?

Después de un tiempo pensé que tenía que hacer algo si quería seguir usando esa app. Así que cambié de nombre y cambié las fotos. Sé que me engañaba a mi misma y estaba fallando a todos mis principios. Por eso a los pocos días decidí eliminar esta app etiquetadora de personas, pero entonces vi la foto de él.

Me llenó una emoción entre miedo y felicidad, duda, valentía, ilusión y decepción; todo junto al mismo tiempo, revuelto y fluyendo por mis venas. Le di un superlike.

La primera vez que le respondí un mensaje me dije a mí misma que esto sería algo temporal, que eliminaría la aplicación la siguiente semana y nadie se enteraría. Pero al pasar el tiempo no pude cerrarla. Mis pláticas con él eran fáciles, animadas y eran muy interesantes. No fue difícil saber qué decir porque yo sabía qué decir y sabía lo que le interesaría. No podía dejar de conversar con él. Y todo lo que platicábamos nos mantenía conectados todos los días, a cualquier hora. 

Por las noches era más cómoda hablar con él, podía darme el gusto de pegarme al celular que no podía darme en la oficina. Él también me respondía a escondidas durante el trabajo, así que yo trataba de no escribir mucho en esos ratos. Pero por las noches no había freno que nos detuviera.

— ¡Pero mírenla! — Luisa me tomó por sorpresa un día, cuando escribía en tinder — si tú pareces bastante feliz con ese mensaje que acabas de mandar — y se me acercó al tiempo que ella extendió su brazo para tratar de quitármelo, pero alcancé a bloquear mi celular.

— Aja, pero no es nada. — le dije, pero en realidad le quería decir “Nada que quiera compartir con ustedes”.

— No seas difícil, ya sabemos con quién hablas. — lo dijo mirando a Mariana y compartiendo una risa de complicidad.

¿QUÉ? ¿CÓMO PUEDEN SABER  QUE HABLO CON ÉL? He sido lo más discreta que he podido, a veces hasta he exagerado, cómo diablos hicieron ellas para darse cuenta. Me temblaron las piernas, se me bajó el azúcar y seguro que me puse verde, porque al rato dijo Mariana

— Pero no te preocupes, no diremos nada.

— ¿Pero cómo saben? — les pregunté.

— Cómo esperabas que no supiéramos si nosotras nos enteramos de todo lo que pasa aquí. — aseguró Luisa.

— ¿Y qué opinan? ¿Les parece que está bien? — les pregunté tartamudeando y medio hiperventilando. Yo tenía mis dudas si hablar con él era correcto.

— Pero qué dices niña, claro que está bien — me tranquilizó Luisa 

— Pero por favor no digan nada, no quiero problemas. — supliqué.

— Claro que no vamos a ir con el chisme, si nosotras también estamos metidas en lo mismo.

— ¿En serio? …pero ¿Cómo? ¿Con quién?

— ¿Cómo? — Repitió mi pregunta Mariana con cara confundida.

— ¿Con quién? — dijo Luisa y me mira, como tratando de adivinar algo.

— ¿Qué? — fue lo único que atiné a decir.

— Estamos hablando de los mensajes en Tinder ¿verdaaad? — añadió Luisa — pero ¿tú de QUIÉN estás hablando?

— De eso, de lo mismo. De los mensajes. — Fingí tranquilidad. Pensé que habían descubierto mi secreto, mi match con él. 

Por eso desde ese momento pasaron por mi cabeza todos los problemas que podría tener si en la oficina se enteraban que me mensajeaba con él, o peor, que él se enterara de todo esto. Por eso ya no podía seguir exponiéndome así. Debía terminar lo que había empezado. Me puse un plazo para tomar una decisión, tendría que borrarlo todo y desaparecer de Tinder, o yo misma me pondría en riesgo.

Pasaron los días y veía que él se emocionaba igual que yo cada que conversábamos. Sabía que si tuviéramos una cita terminaría mal, pero aún así quise arriesgarme. Sentía que podía tener una ventana de esperanza. Por eso le propuse vernos.

Y eso me trajo a este día, el día de la cita. 

Los días como hoy en los que me invade la ansiedad, recurro a la seguridad de mi escritorio ordenado y me relajo con algún chocolate que siempre llevo en mi bolsa. Orden y comida son mi refugio. Entre más inquieta me siento más orden pongo a mi alrededor y a mí misma. Por eso unos minutos antes de salir del trabajo fui al baño para retocar mi maquillaje, mi cabello, ponerme desodorante y rociarme con mi perfume de coco.

Apago mi equipo, pongo más orden en mi bolsa, saco algunas cosas y las vuelvo a meter. Sé que de un momento a otro estará parado atrás de mí para caminar juntos a la fila del checador.

— Qué tal el trabajo Tania, ¿terminaste? —  me pregunta aparentando estar calmado pero sé que esta forzando su voz. Me emociona que esté tan ansioso como yo, por eso sé que esto podría funcionar. Él podría entenderlo todo. Hemos sido muy buenos compañeros y en tinder tenemos conversaciones intensas.

— No, esto nunca se acaba. ¿Tú qué tal lo llevas? — respondí mientras termino de meter y ordenar todo en mi bolso. Me mira con detenimiento antes de responder ¿sospechara algo?

— Pues justo apenas terminé hace un momento. ¿Te acompaño a la salida?

— Sí vamos, estoy lista.

Después de checar me despido de él con un beso en la mejilla, deseando que de verdad quiera tener una cita conmigo y no con esas fotografías que he bajado de internet. He llegado a conocerlo lo suficiente y sé que no me fallará, sé que entenderá y nos reiremos juntos. “Hasta mañana”, le dije, aunque quise decir “te veo en un rato”. Y  me di media vuelta.

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